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martes, 16 de octubre de 2018

Lección 261 de Un Curso de Milagros

Dios es mi refugio y seguridad

1. Me identificaré con lo que creo es mi refugio y mi seguridad. Me veré a mí mismo allí donde percibo mi fuerza y pensaré que vivo dentro de la ciudadela en la que estoy a salvo y en la que no puedo ser atacado. No dejes que hoy busque seguridad en el peligro ni que trate de hallar mi paz en ataques asesinos. Vivo en Dios. En Él encuentro mi refugio y mi fortaleza. En Él radica mi Identidad. En Él reside la paz eterna. Y sólo allí recordaré Quién soy realmente.
2. No dejes que vaya en pos de ídolos, Padre mío, pues lo que deseo es estar Contigo en casa. Elijo ser tal como Tú me creaste y encontrar al Hijo que Tú creaste como mi Ser.

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Reflexión: La lección de hoy hace una alusión al cuerpo de manera furtiva, evitando nombrarlo en ningún momento. ¿Por qué habría de hacerlo si, como afirma el curso, el cuerpo no existe? Tiene su lógica no hablar de lo inexistente, pues lo que no existe es solamente un símbolo. ¿Y para qué sirve un símbolo? Como instrumento temporal mientras cumple su propósito, nada más.

Lo que te da a entender la lección de hoy es que la identificación con el cuerpo no constituye ningún refugio seguro porque siempre está expuesto al cambio, al peligro, a los ataques y a su desaparición. 

¿Qué sentido tiene buscar refugio en lo que se construyó precisamente para fomentar el peligro y el miedo? ¿Por qué recargarlo con más cerraduras, cadenas o pesadas anclas, cuando su debilidad no reside en ello mismo, sino en la fragilidad de la brecha insubstancial sobre la que se erige? ¿Qué seguridad te puede ofrecer algo que descansa sobre una sombra? ¿Edificarías tu casa sobre algo que pudiera derrumbarse con el peso de una pluma?
(T-28.VII.6)

Con el instante santo pasas de identificarte con el cuerpo a identificarte con tu Ser. 

Es posible porque tú lo deseas. En la súbita expansión de conciencia que tiene lugar sólo con que tú lo desees reside el irresistible atractivo del instante santo. Te exhorta a que seas tú mismo, en la seguridad de su abrazo. Ahí se te libera de todas las leyes de la limitación y se te da la bienvenida a la mentalidad receptiva y a la libertad. Ven a este lugar de refugio, donde puedes ser tú mismo en paz. No mediante la destrucción ni mediante un escape, sino simplemente mediante una serena fusión. Pues la paz se unirá a ti allí sencillamente porque has estado dispuesto a abandonar los límites que le habías impuesto al amor, y porque te uniste a él allí donde mora y adonde te condujo, en respuesta a su dulce llamada a que estés en paz.
(T-18.VI.14)

Y con la visión de "los demás" como quienes son en realidad, tus hermanos en Cristo, refuerzas tu identificación como Hijo de Dios. 

Tu hogar está edificado sobre la salud de tu hermano, sobre su felicidad e impecabilidad, así como sobre todo lo que su Padre le prometió. Ningún pacto secreto que hayas hecho en lugar de eso ha estremecido en lo más mínimo los Cimientos de este hogar. El viento podrá soplar sobre él y la lluvia azotarlo, pero sin consecuencia alguna. El mundo será arrastrado, pero este hogar permanecerá en pie para siempre, pues su fuerza no reside sólo en él. Es un arca de seguridad, que descansa sobre la promesa que Dios le hizo a Su Hijo de que él siempre moraría a salvo en Él. ¿Qué brecha podría interponerse entre la seguridad de este refugio y su Fuente? Desde aquí se puede ver al cuerpo como lo que es, sin atribuirle más o menos valor del que tiene como medio para liberar al Hijo de Dios a fin de que pueda regresar a su hogar. Y con este santo propósito se convierte por un tiempo en un hogar de santidad, ya que comparte la Voluntad de tu Padre contigo.
(T-28.VII.7)

El instante santo y la visión santa de tu hermano se dan la mano para ofrecerte el refugio y la seguridad que Dios nunca te ha quitado y ha guardado a salvo para ti desde el origen del tiempo.

La lección de hoy tiene su equivalente en la parábola del hombre que construyó su casa sobre la roca. Si gustas, te invito a que veas el vídeo de Valivan en el siguiente enlace mientras meditas todo este contenido: 


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lunes, 26 de marzo de 2018

Lección 92 de Un Curso de Milagros

Los milagros se ven en la luz, y la luz y la fortaleza son una

1. La idea de hoy es una ampliación de la anterior. No asocias la luz con la fortaleza ni la obscuridad con la debilidad. Ello se debe a que tu idea de lo que significa ver está vinculada al cuerpo, a sus ojos y a su cerebro. De ahí que creas que puedes cambiar lo que ves poniendo trocitos de vidrio delante de tus ojos. Ésta es una de las muchas creencias mágicas que proceden de tu convicción de que eres un cuerpo y de que los ojos del cuerpo pueden ver.
2. Crees también que el cerebro puede pensar. Si comprendieses la naturaleza del pensamiento, no podrías por menos que reírte de esta idea tan descabellada. Es como si creyeses que eres tú el que sostiene el fósforo que le da al sol toda su luz y todo su calor; o quien sujeta al mundo firmemente en sus manos hasta que decidas soltarlo. Esto, sin embargo, no es más disparatado que creer que los ojos del cuerpo pueden ver o que el cerebro puede pensar.
3. La fortaleza de Dios que mora en ti es la luz en la que ves, de la misma manera como es Su Mente con la que piensas. Su fortaleza niega tu debilidad. Y es ésta la que ve a través de los ojos del cuerpo, escudriñando la obscuridad para contemplar lo que es semejante a ella misma: los mezquinos y los débiles, los enfermizos y los moribundos; los necesitados, los desvalidos y los amedrentados; los afligidos y los pobres, los hambrientos y los melancólicos. Esto es lo que se ve a través de los ojos que no pueden ver ni bendecir.
4. La fortaleza pasa por alto todas estas cosas al mirar más allá de las apariencias. Mantiene su mirada fija en la luz que se encuentra más allá de ellas. Se une a la luz de la que forma parte. Se ve a sí misma. Te brinda la luz en la que tu Ser aparece. En la obscuridad percibes un ser que no existe. La fortaleza es lo que es verdad con respecto a ti, mas la debilidad es un ídolo al que se honra y se venera falsamente a fin de disipar la fortaleza y permitir que la obscuridad reine allí donde Dios dispuso que hubiese luz.
5. La fortaleza procede de la verdad, y brilla con la luz que su Fuente le ha otorgado; la debilidad refleja la obscuridad de su hacedor. Está enferma, y lo que ve es la enfermedad, que es como ella misma. La verdad es un salvador, y su voluntad es que todo el mundo goce de paz y felicidad. La verdad le da el caudal ilimitado de su fortaleza a todo aquel que la pide. Reconoce que si a alguien le faltase algo, les faltaría a todos. Y por eso imparte su luz, para que todos puedan ver y beneficiarse cual uno solo. Todos comparten su fortaleza, de manera que ésta pueda brindarles a todos el Milagro en el que ellos se unirán en propósito, perdón y amor.
6. La debilidad, que mira desde la obscuridad, no puede ver propósito alguno en el perdón o en el amor. Ve todo lo demás como diferente de ella misma, y no ve nada en el mundo que quisiera compartir. Juzga y condena, pero no ama. Permanece en la obscuridad para ocultarse, y sueña que es fuerte y victoriosa, vencedora de limitaciones que no hacen sino crecer descomunalmente en la obscuridad.
7. La debilidad se teme, se ataca y se odia a sí misma, y la obscuridad cubre todo lo que ve, dejándole sus sueños que son tan temibles como ella misma. Ahí no encontrarás milagros sino odio. La debilidad se separa de lo que ve, mientras que la luz y la fortaleza se perciben a sí mismas cual una sola. La luz de la fortaleza no es la luz que tú ves. No cambia, ni titila hasta finalmente extinguirse. No cambia cuando la noche se convierte en día, ni se convierte en obscuridad hasta que se hace de día otra vez.
8. La luz de la fortaleza es constante, tan segura como el amor y eternamente feliz de darse a sí misma, ya que no puede sino darse a lo que es ella misma. Nadie que pida compartir su visión lo hace en vano, y nadie que entre en su morada puede partir sin un milagro ante sus ojos y sin que la fortaleza y la luz moren en su corazón.
9. La fortaleza que mora en ti te ofrecerá luz y guiará tu visión para que no habites en las vanas sombras que los ojos del cuerpo te proveen a fin de que te engañes a ti mismo. La fortaleza y la luz se unen en ti, y ahí donde se unen, tu Ser se alza presto a recibirte como Suyo. Tal es el lugar de encuentro que hoy trataremos de hallar para descansar en él, pues la paz de Dios está ahí donde tu Ser, Su Hijo, aguarda ahora para encontrarse Consigo Mismo otra vez y volver a ser uno.
10. Dediquemos veinte minutos en dos ocasiones hoy a estar presentes en ese encuentro. Déjate conducir ante tu Ser. Su fortaleza será la luz en la que se te concederá el don de la visión. Deja atrás hoy la obscuridad por un rato, y practica ver en la luz, cerrando los ojos del cuerpo y pidiéndole a la verdad que te muestre cómo hallar el lugar de encuentro entre el ser y el Ser, en el que la luz y la fortaleza son una.
11. Así es como practicaremos mañana y noche. Después de la reunión de por la mañana, usaremos el día para prepararnos para la de por la noche, cuando nuevamente nos volveremos a reunir en confianza. Repitamos la idea de hoy tan a menudo como sea posible, y reconozcamos que es un preludio a la visión y que se nos está llevando de las tinieblas a la luz donde únicamente pueden percibirse milagros.
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Reflexión: Para la lección de hoy quiero recordar la parábola del hombre que construyó su casa sobre la roca. Cuando azotaron las aguas y los vientos su casa permaneció en pie, al contrario que la del vecino. Simbólicamente este hecho significa que el hombre sabio cimentó su vida en su ser, en fortalecer su luz interna, mientras que el vecino necio cimentó su vida en valores mundanos y superficiales; así que vinieron toda clase de inclemencias y el primero las soportó, pero el segundo no. Por inclemencias de viento y agua nos referimos a cualquier dificultad en la vida llevando aparejada una tormenta emocional, como puede ser cualquier catástrofe natural, pero también el desempleo, la enfermedad, el divorcio, un robo, etc. Cuando terminaron los males, el resultado pudo parecer un milagro para el hombre sabio, pero en realidad dicho milagro comenzó cuando tomó consciencia en su mente y empezó a construir con base en la luz. A pesar de todas las inclemencias el hombre se sostuvo íntegro. Eso es fortaleza de espíritu (fortaleza en la luz). El hecho de que "su casa", su entereza, se mantuviese intacta después que pasó la tormenta solo fue el efecto visible de su proceder el cual tenía su origen (causa) mucho antes de que le vinieran a azotar los males. Todos los milagros tienen un efecto visible más tarde o más temprano.

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El Viaje de Shimón

  Judea, año 14 d.C. Shimón emprende un viaje hacia Alejandría junto al enigmático Yeshúa, el rabino Eliab y el pragmático Jonatán. Allí co...